Pedir ayuda también se aprende: ¿por qué nos cuesta decir que no estamos bien?

Por: David Guerra | Director de salud mental y bienestar emocional
septiembre 15 2026

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Vivimos en una cultura hipercompetitiva que aplaude la autosuficiencia. Desde pequeños recibimos un mensaje sobre la madurez: resolver nuestros propios problemas sin molestar a los demás. Como consecuencia, muchas veces reprimimos nuestras emociones y sentimos que debemos sostenerlas en soledad.

Pero acumular lo que sentimos no resuelve el malestar. Con frecuencia, nos acerca al límite de nuestros recursos para afrontarlo.

Reconocer que no nos sentimos bien y decirlo no es una tarea sencilla. Afortunadamente pedir ayuda es un acto que se puede aprender y entrenar, al igual que aprendimos a guardar nuestras emociones.

Para lograrlo, primero necesitamos entender qué nos detiene. ¿Por qué se siente tan difícil pedir apoyo?

¿Por qué nos cuesta pedir ayuda?

Las barreras pueden ser diversas, profundas y, en ocasiones, difíciles de reconocer:

  • El espejismo de la fortaleza. A menudo confundimos la resiliencia con el estoicismo. Creemos que ser fuerte significa soportar el sufrimiento en silencio, cuando reconocer nuestra vulnerabilidad también requiere valentía.

  • El fantasma de la carga. En momentos de crisis o tristeza podemos pensar que nuestros problemas “no son tan graves” comparados con los de otras personas o que, al compartirlos, preocuparemos a quienes queremos y nos convertiremos en una carga.

  • El desconocimiento emocional. A veces experimentamos angustia, apatía o desesperanza, pero no encontramos las palabras para explicar lo que sentimos. “No sé qué me pasa” puede convertirse en una barrera y, ante la confusión, optamos por el silencio.

  • El miedo al juicio o al rechazo. Nos asusta que, al mostrarnos vulnerables, otras personas nos perciban como frágiles, dramáticos o incapaces de manejar nuestra propia vida.

Romper ese silencio es fundamental, especialmente cuando el malestar comienza a nublar nuestra visión y afectar nuestra vida. Pero ¿cómo saber cuándo es el momento de pedir apoyo?

No es necesario sentirnos en el borde del abismo para buscar una red que nos sostenga. Podemos acercarnos a nuestra red cuando el aislamiento se convierte en un refugio habitual, las actividades que antes disfrutábamos dejan de ser satisfactorias, aparecen cambios en el sueño o el apetito, o surgen pensamientos intrusivos de desesperanza, abandono, deseos de desaparecer o ideas como “quizá estarían mejor sin mí”. Estas son señales de que más que nunca necesitamos acercarnos a otros.

No necesitamos llegar al límite para pedir ayuda.

Aprender a pedir ayuda es un proceso gradual, similar a ejercitar un músculo. No tienes que convocar una reunión familiar para explicar todo tu mundo interno. Puedes empezar con pasos pequeños, con un mensaje de texto a un amigo de confianza diciendo "últimamente no me siento muy bien". También puedes pedirle a alguien que te acompañe un rato, aunque todavía no quieras hablar de lo que ocurre.

El espacio terapéutico profesional existe para ello. Un profesional de la psicología puede ofrecer un entorno seguro donde expresar lo que sentimos y encontrar herramientas que, ante el cansancio o el malestar que atravesamos, quizá no alcanzamos a ver.

Prevenir el suicidio comienza antes de una crisis

Cuando escuchamos la frase "prevención del suicidio", podemos imaginar una escena de película: una llamada de madrugada a una línea de emergencia, una intervención en una sala de urgencias o alguien deteniendo a otra persona en el último segundo.

La contención en ese momento es vital. Sin embargo, reducir la prevención a ese instante sería como esperar a apagar un incendio cuando ya ha consumido la mitad de la habitación.

La prevención comienza mucho antes de que se encienda la primera chispa. Significa ampliar la mirada más allá de evitar la muerte para construir y promover vidas que se sientan dignas de ser vividas.

Para entender este enfoque, primero debemos desaprender algunas ideas equivocadas.

El mito más peligroso y persistente es creer que hablar del suicidio "planta la idea" en la cabeza de alguien que atraviesa un momento difícil. La evidencia clínica nos demuestra lo contrario: preguntar de manera directa, empática y sin juicios no incita a la acción, sino que abre una válvula de escape que alivia la inmensa presión de llevar esa idea en soledad.

Otro error común consiste en interpretar la idea de ya no querer vivir como producto de la cobardía o el egoísmo. En realidad, detrás puede existir un dolor emocional intenso ante el cual la persona busca una forma de detener su sufrimiento.

Entonces, ¿qué podemos hacer antes?

Fomentar la expresión de las emociones como factor de protección

Prevenir es enseñar desde la infancia que la tristeza, el enojo, el miedo y la frustración, como todas, son emociones válidas. Es desarrollar habilidades para reconocerlas, regularlas y resolver los problemas que enfrentamos.

Cuando fortalecemos a las personas de habilidades socioemocionales, construimos una especie de "sistema inmunológico emocional" que las protegerá cuando enfrenten cualquier adversidad en la vida.

Tejer redes de apoyo sólidas

El aislamiento es el ecosistema perfecto para que el “caldo” de cultivo de la desesperanza prospere. Contar con relaciones positivas como amigos, familia, compañeros de clases o trabajo, funciona como un “colchón” ante las caídas.

Ser parte de esa red no requiere un título universitario; requiere disposición. Escuchar de forma activa y sin juicios, sin interrumpir para ofrecer consejos fáciles o recurrir a frases de cajón como “todo pasa” o “échale ganas”, puede convertirse en un acto preventivo.

Promover el acceso a los servicios de apoyo

Debemos normalizar la atención psicológica y psiquiátrica. Acudir a terapia por una situación complicada, ansiedad o tristeza profunda debería ser tan cotidiano y aceptable como acudir al médico para consultar un dolor de garganta.

Y aquí aparece otra parte fundamental de la prevención: ¿qué hacemos cuando una persona decide hablar?

La respuesta que damos importa. A veces queremos ayudar, pero recurrimos a frases que simplifican lo que la otra persona siente. Una de las más comunes es “échale ganas”.

De “échale ganas” a aprender a escuchar

“Échale ganas” parte de una idea común: las ganas son ese impulso que nos mueve a hacer algo. Sin embargo, la expresión puede mezclar conceptos distintos, como la voluntad, la motivación y la disposición, hasta reducirlos a una misma idea: si queremos algo lo suficiente, podemos conseguirlo.

De ahí surge lo que podemos llamar “echaleganismo”, una forma coloquial de describir la creencia de que la voluntad o las ganas bastan para superar una dificultad y alcanzar un objetivo.

Pero ¿de verdad podemos vencer cualquier adversidad con echarle ganas?

La disposición importa y puede representar el primer paso del camino, pero no es suficiente. Para afrontar una situación también necesitamos un plan de acción, reconocer los recursos emocionales, personales, económicos, sociales y ambientales con los que contamos, así como nuestros propios límites.

Cuando trasladamos la responsabilidad de superar una situación únicamente a la voluntad individual, podemos provocar culpa, frustración y una sensación de responsabilidad excesiva. También corremos el riesgo de ignorar las circunstancias que rodean a la persona y los apoyos que necesita.

Por eso, frente al malestar emocional, escuchar puede resultar más útil que buscar una frase que intente resolverlo todo. Decir “échale ganas” o “todo pasa” puede surgir de una buena intención, pero también puede minimizar lo que la otra persona siente.

No necesitamos tener la frase perfecta ni solucionar su situación. Podemos comenzar por escuchar sin juicios, evitar los consejos fáciles y abrir un espacio para que la persona exprese lo que está viviendo.

La prevención es, en esencia, una tarea comunitaria. No necesitamos ser especialistas en salud mental para marcar la diferencia en la vida de alguien; a menudo, la intervención más efectiva puede ser simplemente una persona dispuesta a detenerse, mirar al otro a los ojos y preguntar con genuino interés: “¿Quieres hablar? Estoy aquí para escucharte”.

No estamos diseñados para sobrevivir en el aislamiento emocional. Si hoy te encuentras librando una batalla silenciosa, recuerda que expresar vulnerabilidad no implica una rendición, sino un paso importante hacia tu recuperación.

Siempre puedes pedir ayuda

Pedir apoyo también forma parte del cuidado de nuestra salud mental. Si tú o alguien cercano necesita acompañamiento, recuerda que, dentro y fuera de nuestros recintos, cuentas con apoyo remoto 24/7 a través de nuestros canales de atención:

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